Agosto, más que sobrevivir al frío

Editorial de la revista Vínculo del mes del agosto

Miércoles 14 de agosto de 2019

"Hay que pasar agosto", incluso septiembre (aunque en este caso creo que más que al frío, hay que sobrevivir a los asados y celebraciones diciocheras), es uno de los dichos clásicos de este tiempo. Sin embargo, agosto tiene una fiesta vertebral, que nos anima a vivir con fuerza el intenso y corto segundo semestre del año: la solemnidad de la Asunción de la Virgen María.

   

Una celebración que no sólo está arraigada en el alma de nuestra Juventud Femenina, sino de todos los que hemos sellado una Alianza de Amor con la Virgen.

    

Una fiesta que nos recuerda no sólo el origen y el destino, sino el gran amor de Dios por la humanidad. En María asunta resplandece ese profundo respeto de Dios por el ser humano en su totalidad (cuerpo y alma), que hoy cobra tanto sentido cuando se discute acerca del valor de la vida, no sólo del que está por nacer, sino también de aquel que está en la etapa final de su vida o experimenta en su cuerpo, la fragilidad de las enfermedades invalidantes o dependientes.

 

Hablar de cuidados paliativos y de una muerte digna tiene mucho sentido ante el encarnizamiento quirúrgico, que hace de la prolongación artificial de la vida un costo humano (en todo sentido) insostenible. Otra cosa, es la eutanasia que busca poner término artificial y anticipado a la vida, cuando aún podemos recibir el cuidado más valioso: la cercanía, la compañía y el cariño humanos, que hacen que cualquier momento de vulnerabilidad sea llevadero.

 

La pregunta que asalta es si nuestro sistema de vida apunta a ese objetivo humanizador. Si todo es producción, eficiencia, resultado, metas, conexión, redes... resulta inoficioso "gastar tiempo" en atenciones, ocupaciones y dedicación a aquellos que no reportan un beneficio. La gratuidad, distintivo mayor del amor cristiano, no aparece en el horizonte cuando todo es producción y resultados.

 

Me atrevería a afirmar que, detrás de la decisión del mismo enfermo de no saber cómo lidiar con su invalidez, está el imperativo implícito de no ser una carga. Este sentimiento se ha instalado por estar en medio de un sistema utilitario.

 

Por supuesto que no es fácil sobrellevar una enfermedad invalidante, así como no es fácil acompañarla, pero si los esfuerzos estuvieran dados por generar recursos y preparar personas que acompañen al doliente, estaríamos dando un salto cualitativo en nuestra humanidad y, no sólo, en calidad de vida.

 

Hace poco leí un reportaje de personas jóvenes que se sienten tan solas, que la tarea de contención y cariño la dan sus mascotas, de allí que se necesita una mayor flexibilidad laboral y amplitud de condiciones de convivencia, para que puedan formar parte permanente de sus vidas. Con todo el valor que tiene la vida animal, un protagonismo tal nos habla de una deficiencia de humanidad, profundidad y permanencia en nuestros vínculos humanos, cuando no encontramos un lugar en un corazón humano que nos haga sentir vivos y válidos.

 

En ese sentido y volviendo al tema, tendríamos que preguntarnos ¿qué significa ser carga para aquel que sufre la enfermedad o para los que lo rodean? Si detrás está la sensación de abandono y soledad por un lado, o el lastre y lo inútil por otro, el horizonte de terminar con la vida aparece como una fantasma seductor, pero será un triunfo más en la deshumanización de nuestros vínculos.

 

Pasar agosto en soledad se hace mucho más difícil que acompañados. Esa compañía podría ser una política de estado: un subsidio para el que cuida, un estímulo para los que se dedican al enfermo. Antes esa tarea la hacían las comunidades religiosas, en esta hora nos toca a todos acompañar la dignidad de la última etapa de nuestras vidas: alguien puede y debe estar al pie de la cruz del que sufre.

      

 

 

P. Juan Pablo Rovegno M.

Dirección Nacional del Movimiento

Schoenstatt - Chile

   

   

 


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