Dos cartas y un desafío

Texto para reflexionar el momento eclesial que vivimos a la luz de nuestra espiritualidad.

Jueves 19 de julio de 2018

Querida Familia,

He querido compartirles el contenido de una charla de dos jornadas de Familia que me tocó acompañar: la de la Familia del Valle de María (zona Maipo) en mayo recién pasado y una reciente a la Familia de Chillán, en ellas abordé la crisis que vivimos como Iglesia y que nos interpela y confronta también a nosotros.

p. Juan Pablo Rovegno M. 

 

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DOS CARTAS Y UN DESAFÍO

  

Esta reflexión la hacemos en el contexto de dos cartas y de un desafío común: la carta de Nuestro Padre y la carta del Santo Padre, dos cartas que han remecido a sus destinatarios. Las dos fueron escritas a la Iglesia: una a la iglesia alemana, la otra a la iglesia chilena. Nos separan 69 años, sin embargo, están estrechamente unidas: la primera carta nos permite comprender el alcance de la segunda; la segunda carta es una aplicación muy concreta de la primera.

 

Nuestro Padre escribe su carta en el contexto de la Visitación que se hace a Schoenstatt y de las observaciones a lo que se considera "ideas o terminologías particulares" y, especialmente, al rol del fundador de la familia, su autoridad y las vivencias paterno-filiales; así como el valor de las causas segundas, como expresión, camino y seguro para nuestro encuentro con Dios.

 

Detrás, y he allí la crítica del Padre, está el pensar mecanicista que separa lo que debe mirarse y vivirse en unidad y en mutua complementariedad, "separa mecánicamente allí donde hay unión, divide y opone donde hay diferencias y polaridades destinadas a la mutua complementación. No es capaz de unir Dios y creatura; naturaleza y gracia; vinculación a Cristo y vinculación a María; fe y vida; autoridad y obediencia; persona y comunidad. Este modo de pensar atomiza la realidad y destruye procesos vitales".

 

El amar mecanicista no es capaz de establecer vínculos personales estables. Se cae en el individualismo o la masificación, dependencia o exigencia, sin capacidad para una comunión libre y magnánima. 

 

El amor mecanicista no logra unir afectividad instintiva con el amor natural y con el amor de caridad o sobrenatural.

 

La vida del hombre mecanicista es una vida atomizada, desintegrada en sus diversas dimensiones (personal, comunitaria, social, cultural eclesial), disgregada y discontinua.

 

El mecanicismo termina destruyendo el sano organismo de las vinculaciones, por la incapacidad de integrar, relacionar, unir; de comprender la realidad, relacionándola e integrándola.

 

Su contrapartida es el amar, pensar y vivir orgánicos, dando especial importancia a las causas segundas y a la pedagogía de las vinculaciones: la creatura es vista y amada en su relación con un Dios personal: si se ama a María, en ella se ama a Cristo; si se ama al hermano, en él se ama a Dios. Si se ama a Dios, necesariamente se traduce en un amor a los hombres. Pero también, en el contexto de la autoformación, un pilar fundamental de nuestra espiritualidad, ya que nuestra naturaleza herida y desordenada, necesita recorrer con seriedad un camino de sanación, reconciliación y purificación.

 

En ese contexto el padre escribe a una iglesia ritualista y liturgista, de ideas y normas, donde se ha minimizado el valor de la persona y todo lo natural, el valor de las causas segundas y, en definitiva, el valor de la encarnación por la cual todo lo humano es camino hacia Dios.

 

El Papa Francisco escribe su carta en el contexto de los abusos de autoridad y conciencia, y de los abusos sexuales de parte de nosotros, los consagrados. Lo hace en el contexto de la propia estrechez de su mirada ante los acontecimientos y de una crisis, especialmente de nuestras autoridades eclesiásticas, en la forma como se ve la realidad y nos relacionamos con ella. Detrás está una mentalidad mecanicista, no sólo en los hechos dolorosos concretos, sino en la forma como se ejerció la autoridad y se calibraron sus consecuencias. No se miró la totalidad y complejidad del problema, respondiendo desde la parcialidad.

  

En términos sencillos: primero, no asumir los hechos, integrándolos a la dolorosa realidad de los abusos y las dinámicas que los favorecen; segundo, no asumirlos desde una mirada de fe, pastoral y humana (cercanía y comprensión de la persona abusada), pero también penal (se trata de delitos, no sólo de pecados) y no sólo canónica; tercero, colocar el buen nombre de una institución por sobre el dolor y la situación de las personas; cuarto, no analizar el trasfondo de una ruptura en la forma como se ejerce la autoridad y el espacio que se da a la libertad y al respeto de la conciencia del otro; quinto, separar lo jurídico/canónico de las consecuencias en las personas vulneradas y en la sociedad; sexto, no analizar las causas y sus consecuencias unidas a la desafección, distanciamiento, rechazo y dolor social frente a la iglesia; séptimo, seguir caminando sin detenerse a reflexionar e integrar lo que ha sucedido en un contexto más amplio y trascendente.

 

Podríamos seguir, pero estas dos cartas nos remecieron porque ponen en pregunta la forma como estamos entendiendo y relacionándonos con la realidad, en este caso la dolorosa realidad de los abusos, y la manera como estamos respondiendo a los desafíos del tiempo.

 

El peligro está en la respuesta que demos, porque también puede ser mecanicista: suprimir el sacerdocio o reducirlo a lo estrictamente sacramental ritual, un capellán aséptico y distante, un buen funcionario; tomar todas las medidas de resguardo y sentirnos tranquilos por tener el seguro de un buen protocolo; asumir la responsabilidad, incluso indemnizatoria, para reparar el mal causado y creer que se ha solucionado el problema... Sin embargo, estaríamos mirando el proceso parcialmente, reduciendo la realidad a estancos separados, porque detrás del problema en cuestión hay una forma de entender y ejercer la autoridad, de integrar y sanar la afectividad, de comprender la religión más allá de un buen comportamiento o la observancia de ritos o normas, de captar las preguntas, confrontaciones y búsquedas del ser humano, como oportunidades para que Dios ilumine y conduzca; así como el valor de la libertad y la conciencia personal.

 

¿No es acaso lo mismo que ocurre en tantos planos de la vida social que nos toca vivir?

 

El feminismo de trinchera es respuesta al abuso de la autoridad masculina y la falta de valoración e integración de la mujer, pero una consecuencia inorgánica está siendo negar el valor de la diferencia y de la complementariedad; la ideología de género es respuesta a la no visibilización, acompañamiento e integración social de realidades humanas existentes, pero una consecuencia inorgánica es relativizar y hasta negar, el orden natural del ser humano y los necesarios procesos de desarrollo afectivo y sexual; la tolerancia cero frente a los abusos, es respuesta a un dolor no verbalizado ni asumido por estructuras o dinámicas que lo favorecen, pero una consecuencia inorgánica está en minimizar o negar el valor de sano vínculo filial o de dependencia, como camino hacia la plena autonomía; la irrupción de corrientes políticas anárquicas o contestarias, así como las movilizaciones sociales, son respuesta a un desarrollo económico y de oportunidades reducido a unos pocos privilegiados, y a condiciones desproporcionadas en sus destinatarios, pero una consecuencia inorgánica está siendo negar o destruir caminos recorridos y radicalizar las diferencias; la causa mapuche es consecuencia de un problema de larga data y que tiene que ver con el respeto e integración de un pueblo en costumbres y su cosmovisión, pero una de sus consecuencias inorgánicas es la violencia y la negación del encuentro y mutuo enriquecimiento histórico entre dos culturas; la sensibilidad ecológica es respuesta al no respeto de la naturaleza y al abuso en el uso de los recursos naturales, pero una consecuencia inorgánica, es la desproporción en el cuidado ambiental en desmedro de las necesidades humanas...

 

En ese sentido, la misión del 31 de Mayo, es más actual que nunca:

 

1. El valor y sentido de la autoridad como reflejo de la autoridad paternal/maternal de Dios que acoge y acompaña la individualidad y el valor de la filialidad como contrapartida, como camino de crecimiento en confianza, autonomía y auténtica libertad. Desde un vínculo paterno/filial, descubrir la propia misión y originalidad.

2. El valor de las causas segundas como camino para llegar a Dios: la relevancia del orden de ser natural, para encontrarnos con el Dios de nuestras vidas y procesos.

3. El valor de lo natural o creatural en el proceso de fe y comprensión de nuestra humanidad: "la gracia supone la naturaleza", "la gracia sana, eleva y une la naturaleza", "lo que no es asumido no es redimido". En ese sentido resulta fundamental una renovada mirada de la afectividad humana, así como la integración, elaboración y sanación de las debilidades humanas, incluso del pecado humano.

4. El valor de la mirada integradora de la vida, los procesos y de todos los aspectos involucrados (humanos, personales, pastorales, institucionales, sociales, comunicacionales, etc.).

5. La Fe práctica, que nos permite comprender que, en los procesos y acontecimientos vitales, Dios está presente y conduce.

6. Nuestra alianza y su concreción en nuestra colaboración. En ese sentido el rasgo de Nuestro Padre que hoy nos desafía es aquella personalidad creadora de historia, que colabora activamente en el cambio de época y ante la crisis que vivimos.

 

Nuestra misión es más actual que nunca, porque se da en el contexto de una crisis social y eclesial muy profundas. Se trata de acentuar algunas dimensiones que nos permitan acompañar este proceso desde dentro, previviéndolo nosotros para iluminar y acompañar; dejándonos complementar con nuestro entorno, revisar nuestras propias estructuras y dinámicas (la crisis no nos es ajena ni tenemos respuestas de recetario), así como dialogar creadora y complementariamente con la realidad.

 

Una crisis que también nos afecta y duele directamente como comunidad de padres, por situaciones en las que el ejercicio de nuestra autoridad ha dañado, por abusos como por omisión o débil y errática conducción, a personas concretas. Podríamos afirmar, con dolor y humildad, que sólo podremos acompañar el proceso eclesial que comenzamos, si asumimos nuestra propia responsabilidad y también nuestra solidaridad con una iglesia y sociedad heridas.

 

Algunos acentos:

 

1. Una iglesia familia, principio paterno, materno, filial y fraterno. Integradora de todos, en medio de la realidad de las personas y donde la santidad se da en y desde la vida concreta de las personas y sus procesos vitales.

2. Una iglesia dialogante, donde los desafíos, las necesidades, las posibilidades y las dificultades, se conversan, se enfrentan, se asumen juntos, con una mirada corresponsable y providente.

3. Una iglesia sencilla, porque lo más importante son las personas y el encuentro con el Dios de nuestras vidas y de nuestra historia. En ese sentido que nuestras estructuras y formas, nuestros espacios y contenidos, sean de encuentro para todos. Pero también, sencilla para reconocer límites y debilidades, pecados y delitos.

4. Una iglesia en salida o al encuentro, dejando espacios seguros o conocidos, buscando formas nuevas y dialogando/involucrándonos con la realidad, para enriquecernos mutuamente. Una iglesia que, si bien necesita arraigo y espacios de arraigo y tiene una verdad y propuesta, se relaciona y forma parte de un mundo en constante tensión y desarrollo, en búsqueda y confrontación, en diálogo y plasmación.

5. Una iglesia orante, que sabe detenerse para orar, reflexionar y animar su don y misión en medio del mundo concreto. Que es capaz de ofrecer y reparar; de amar, dejándose amar. Orante en el sentido de detenerse para dejarse conmover, tocar, complementar y enriquecer por la realidad. Orante para descubrir a un Dios presente en la realidad.

6. Una iglesia madre, que acoge en su seno todas las realidades humanas, especialmente las más necesitadas de misericordia y acogida, para conducirlas a Dios y al Dios de cada realidad humana, a un Dios personal.

7. Una iglesia de Cristo, donde el gran desafío es dar a luz a Cristo en medio de este mundo y llevar el mundo hacia Cristo, al encuentro con el Resucitado. Cristo en actitudes, gestos y palabras de salvación.

 

Una dimensión que merece un párrafo aparte, no subsumido en la definición de una iglesia sencilla, es la de una iglesia misericordiada en sus miserias, para ser legítimamente portadora de misericordia para la humanidad. Afirmación que el Santo Padre explicitó en sus palabras a la vida consagrada en la catedral de Santiago, y que él mismo ha tenido que asumir personalmente en los hechos posteriores.

 

Y el desafío... amar a la iglesia en estas circunstancias, lo que no significa justificar lo injustificable, defender lo indefendible, relativizar lo evidente. Más bien se trata de volver a renovar nuestra fe en la Iglesia de Jesucristo y recorrer juntos el necesario camino de discernimiento, conversión y renovación que debemos asumir.El amarla significa en ese contexto, colaborar activamente en este proceso.

 

Interesante sería revisar la actualidad de los textos escogidos de nuestro padre acerca de "La Renovación de la Iglesia" (por Peter Wolf).

  

Texto sugerido para complementar la reflexión:

"La Renovación de la Iglesia"

"Textos Escogidos sobre la misión del 31 de Mayo"

"Carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios que peregrina en Chile"

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