La adoración

Miércoles 27 de marzo de 2013

LA ADORACION

Muchas veces nos encontramos ante la pregunta que busca diferenciar lo que es la adoración y lo que es la oración... Si lo miramos en un sentido amplio, no existe, en realidad diferencia, pues la adoración es un grado de profundidad de la oración donde todo el ser, alma y cuerpo, están en actitud total de entrega a Dios.

Sin embargo, en un sentido más estricto, si podemos hacer la diferencia entre ambas y, para ello, responderemos algunas preguntas:

¿A quién se adora?

Jesús, que es nuestro Maestro en la oración nos enseña en las Escrituras:


"Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria y le dice: 'Todo esto te daré si postrándote me adoras'. Dícele entonces Jesús: 'Al Señor Dios adorarás y sólo a El darás culto' " (Mt 4, 8-10)

De este modo aprendemos que la actitud de adoración es una expresión reservada únicamente para Dios. A los santos, a nuestra Mater podemos venerarlos, alabarlos, tenerles una inmensa devoción, pero no podemos adorarlos, pues ello está reservado únicamente para el trato entre Dios y su criatura.

¿Qué es adorar?

"Adorar a Dios es reconocer, con respeto y sumisión absolutos, la 'nada de la criatura' que sólo existe por Dios. Adorar a Dios es alabarlo, exaltarlo y humillarse a si mismo, como lo hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que El ha hecho grandes cosas y que su nombre es Santo. La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre si mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo." (Catecismo Católico, 2097)

El Padre José Kentenich afirma: "Adorar a Dios quiere decir: afirmar la conciencia de la total dependencia de El y manifestarla. ¿Podemos hacer esto únicamente cuando estamos de rodillas ante el tabernáculo? Me parece que podemos hacerlo mejor todavía durante el trabajo."

También una vida de sacrificios, por ejemplo una grave enfermedad, puede ser vivida en actitud de adoración.

Adorar es rezar, y dentro de la oración cabe nuestra vida entera, desde lo más superficial, hasta lo más íntimo o lo más oscuro y recóndito que hay en nuestros corazones. Mediante la adoración expresamos que nos queremos entregar por entero a Dios: a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo, a Dios entero, como Trinidad.

Siendo que Dios es un todo, cada una de las personas nos pueden llevar a adquirir una actitud diferente de adoración. Por ejemplo: A Dios Padre nos entregamos como hijas y le abrimos nuestros corazones para agradecerle todo lo que nos ha regalado, desde la vida, las virtudes y los defectos, la propia historia, los acontecimientos de la vida diaria, hasta un sencillo saludo suyo a través de la naturaleza... ¡Padre, cómo me amas! ¡Padre, quiero ser tu hija y quererte, obedecerte, darte alegría en todo! ¡Padre, yo te amo! ¡Padre, qué bueno eres conmigo! ¡Padre, nunca quisiera decirte no! ¡Aquí estoy, Padre, ¿qué quieres de mi?!

Al Hijo, en cambio, lo adoramos como nuestro Hermano mayor y como nuestro Redentor... Cuánto quisiéramos agradecerle por todo lo que entregó POR MI... ¡Tú lo diste todo, yo también quisiera darlo todo! ¡Señor, yo te agradezco tu muerte, yo te agradezco tu vida, todo lo que hoy puedo vivir y experimentar te lo debo a ti! ¿Y este pecado... también lo redimiste Tu, también está perdonado? ¡Gracias, Señor! ¡Señor, en realidad, sin tu muerte, yo no podría vivir!

Así también, podemos arrodillarnos implorando el Espíritu Santo y adorándolo... ¿Qué podríamos hacer sin El? ¡Nada! Si el Espíritu Santo no habitara nuestros corazones, en vano serían nuestros esfuerzos por crecer, por rezar, por encontrarnos con Dios. La acción del Espíritu en nosotras va desde la inquietud, el anhelo de encontrarnos con Dios, hasta la meta de la santidad. Su presencia es la que nos hace buscar a Dios, su presencia es la que nos lleva a encontrarlo y su presencia es también la que nos permite dar saltos mortales, crecer y avanzar hacia los grandes ideales.

Adorar es, en definitiva, hacernos muy pequeñas y, en esa pequeñez, reconocer el infinito amor de Dios, acogerlo y dar gracias de todo corazón porque El es todo y yo, alguien tan pequeño, puedo llegar a ser – y ya lo soy – tan importante para El.

Y la adoración al Santísimo Sacramento, ¿En qué consiste?

(En el Catecismo leemos)

"El culto a la Eucaristía.

• En la Liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies del pan y del vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor.

• La Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración, que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de la celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad en el Sagrario o Tabernáculo.

El Sagrario estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el Sagrario debe ser colocado en un lugar particularmente digno de la Iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el Santo Sacramento" (Hasta aquí el Catecismo Nº 1378 y 1379)

El Santo Padre nos dice:

"La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico, Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y los delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración." (Dominicae cenae, 3).

"Cuando oramos al Padre estamos en comunión con El y con su Hijo, Jesucristo. Entonces lo conocemos y lo reconocemos con admiración siempre nueva. La primera palabra de la oración del Señor es una bendición de adoración, antes de ser una imploración. Porque la gloria de Dios es que nosotros lo reconozcamos como "Padre", Dios verdadero. " (Catecismo Católico 278 1).

También dijo el Santo Padre a los jóvenes, en el Encuentro Mundial de Roma 2000:

Pero, ¿Cómo adorarlo?

Con todo lo dicho, se puede llegar a pensar que la adoración es algo sumamente difícil y que requiere algo así como "otro nivel" de oración, nivel reservado para cierta especie de santos o de élite religiosa. Sin embargo, la misma Sagrada Escritura, nos dice algo muy diferente en el relato del Nacimiento de Jesús en Belén (Lc 2, )
Allí se nos muestra cómo hasta el Niño Jesús llegaron los pastores y también los reyes; junto a El yacían silenciosos los animales y se dejaban ofrecer las ovejitas. También estaba su Madre, Ella sabía muy bien lo que había sucedido y sencillamente se admiraba, agradecía y, probablemente, renovaba una y otra vez su SI, su poder en blanco, en su corazón. Y a su lado la acompañaba San José, quien, sin comprender mucho, cerraba su entendimiento y abría su fe como un niño pequeño; simplemente decía CREO y con esas palabras se ponía a total disposición de su Dios que lo necesitaba como instrumento.

Ese Cristo que nació en Belén hace más de 2000 años, es el mismo que silencioso nos espera en el tabernáculo y nunca se aparta de ahí. Es el mismo que, en un gesto de amor, se deja mostrar en algunas ocasiones y permite que le abramos las puertas del tabernáculo para regalarse entero, para que lo podamos ver y adorar.

Claramente, en esa "exposición del Santísimo", como dice nuestro Padre Fundador: "Nuestros sentidos no te reconocen", es decir, nuestros ojos no pueden verlo ni nuestros oídos escucharlo, no lo palpamos, no lo podemos reconocer. Sin embargo, continúa diciendo nuestro Padre: "Nuestra fe confiesa que en verdad estás aquí, con tu divinidad y tu humanidad y que habitas entre nosotros, porque nos amas infinitamente".

Ese Cristo que nació en Belén, igual que hace 2000 años, quiere regalarse a cada una de nosotras y sólo necesita que lleguemos con un corazón de niño, abierto y anhelante de encontrarse con El. Una vez puede ser como los reyes magos que lo reconocieron en toda divinidad y le ofrecieron lo más grande que traían. En otra oportunidad puede ser como los pastores: simplemente nos dijeron que viniéramos para acá y que encontraríamos al Niño. No sabían mucho, no entendían mucho, pero en su ingenuidad y sencillez, entregaron como don aquello que más amaban: sus ovejas. O también puede ser como los animales: ¿Habrán entendido algo de lo que estaban viviendo? Lo más probable es que no, sin embargo, Dios los invitó y quiso que estuviesen en el establo – nosotras podemos pensar: Dios nos llamó y quiso que estuviésemos en el Santuario – y ellos estuvieron ahí y con su ser, dieron la gloria debida a Dios, con su naturaleza animal.

En el pesebre estaba también la Santísima Virgen... ¿Cómo habrá adorado al Niño su corazón?... Podemos preguntárselo personalmente en el Santuario y pedirle que nos enseñe a adorarlo como Ella. Y así también San José: muchas veces tendremos nublado el entendimiento, muchas veces no sabremos hacia dónde nos conduce Dios, sin embargo, de él podemos aprender esa actitud de adoración que sabe decir: Señor, tu sabes hacia dónde vamos, yo simplemente digo SI y me dejo conducir por ti...¡Tu eres mi Dios!

Con todo lo mencionado, podemos ver que no hay una receta para adorar al Santísimo Sacramento y que lo más importante es hacerlo desde lo profundo del corazón, con lo que estoy viviendo y según el estado en que en ese momento me encuentre. Pero lo que nunca podemos olvidar es la actitud de pequeñez y gratitud con que lo hago, aunque muchas veces el corazón no esté acompañando con el sentimiento. Por eso, generalmente, un momento de adoración se hace de rodillas y se trata de guardar especial silencio en el lugar (salvo cuando es el momento de rezar en voz alta o de cantar, si es que se trata de un grupo). Por eso, también, al asistir a una adoración, tratamos de vestirnos de una manera adecuada para ello, así como para la Santa Misa, pues vamos a encontrarnos con nuestro gran Rey.

Sugerencias Metodológicas

• Compartir acerca de lo que cada una sabía o entendía por adoración.
• Comentar los textos y complementarlos con las oraciones de preparación a la Comunión y de después de la Comunión del Hacia el Padre.
• Buscar la oportunidad de tener una adoración en el Santuario o en la capilla de la casa como grupo y también en forma personal.
• Existe un círculo externo de adoración para laicos, que está a cargo de las hermanas de la adoración. Pueden llamarlas a ellas para pedir más información y si lo desean, participar también de ese círculo

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