Un llamado a la conversión personal y comunitaria, con consecuencias sociales

Editorial Revista Vínculo de noviembre

Martes 12 de noviembre de 2019

UN LLAMADO A LA CONVERSIÓN PERSONAL Y COMUNITARIA, CON CONSECUENCIAS SOCIALES

  

 

En medio de los desafíos y dificultades del tiempo, dos signos nos han llenado de alegría y gratitud: el encuentro internacional de madrugadores en Picarquín y la ordenación de seis nuevos hermanos sacerdotes de la comunidad de los Padres de Schoenstatt.

 

Dos acontecimientos que nos ayudan a vivir con esperanza el difícil tiempo que vivimos, porque ninguno de nosotros ha permanecido indiferente a los acontecimientos patrios, a todos nos ha sacado de nuestra rutina y de nuestra estabilidad, incluso emocional. Hay compatriotas que han visto desaparecer sus pymes, sus fuentes laborales, sus medios de transporte, su seguridad, muchos tienen que lidiar con una marginalidad mayor en sus poblaciones, otros con la incertidumbre del día de mañana en trabajo, estudios, integridad física y hasta la vida. Las imágenes de violencia, los enfrentamientos, la represión controlada y desmedida de las movilizaciones, la fuerza pública superada y casi aislada en su tarea de velar por el orden público, las muertes, los heridos, los desmanes, los derechos humanos vulnerados, la destrucción, los saqueos, la polarización y descalificación políticas, los encapuchados, las fuerzas especiales, la escalada de movilizaciones... se unen a tantos fantasmas que se despiertan, abriendo viejas heridas, supurando temores o expectativas.

 

Nos duele este Chile porque lo queremos, nos duele porque después de un viernes de furia un 18 de octubre, de un viernes de esperanza con una multitudinaria y transversal marcha pacífica una semana después, percibimos el sinsabor de no encontrarnos todavía, de ir por más, de seguir alterando la paz social, base irrenunciable de una auténtica justicia social.

 

Nos duele. Sin embargo, para una persona de fe, este dolor no tiene la última palabra. Creemos en un Dios que intervino e interviene en la noche oscura de la historia, para llenarla de luz. Pero, interviene con nosotros: cuando Jesús resucita no nos excusa de mirarnos a nosotros mismos con un mínimo de autocrítica, de cuestionamiento, de revisión personal. Eso fue lo que experimentaron uno a uno los discípulos de Jesús, no como reproche, sino como la necesaria maduración de la vida, que supone asumir debilidades, errores y hasta pecados. Fue un llamado a la conversión.

 

Los dolorosos y desafiantes momentos que vivimos nos interpelan, ahora a nosotros, a esa nueva conversión.

 

Hablar de Conversión es hablar de la posibilidad de dar sentido, profundidad y proyección al tiempo que vivimos. Una conversión que tiene tres dimensiones: personal, comunitaria y social. Podríamos describirla como una conversión personal y comunitaria con consecuencias sociales.

 

Una conversión personal, porque apela a la libertad y a cada uno en su originalidad, en sus capacidades y límites, en sus fortalezas y debilidades, en su mismidad, en su historia. El paso es personal. Aunque los acontecimientos griten ante nosotros, necesitamos cuestionarnos personalmente, complementar nuestra mirada, asumir realidades, salir de nuestras defensas y seguridades. La magnitud de lo que vivimos y que afecta al todo social, nos tiene que cuestionar, nos tiene que interpelar, porque algo nuevo tiene que despertar en cada uno de nosotros. Algo tiene que cambiar.

 

Una conversión comunitaria, porque somos seres sociales y nos necesitamos mutuamente. Una conversión comunitaria que nos lleve a una nueva forma de relación colaborativa, corresponsable y complementable. Pasar de la desconfianza a la buena fe, de la polarización al encuentro, de la indiferencia a la solidaridad, del egoísmo a la colaboración, de la exclusión a la pertenencia, de la violencia a la paz.

 

La crisis que vivimos nos ha puesto a bocajarro ante tantas desigualdades, ante distancias heredadas o adquiridas, resentimientos no encauzados ni resueltos, realidades no reconocidas ni asumidas, posturas no matizadas ni complementadas. Mientras cada uno de nosotros permanezca en la trinchera de sus ídolos, fantasmas, prejuicios y estructuras, no podremos salir adelante adecuadamente. No es tiempo para el oportunismo de los buitres ni para la cobardía de los pusilánimes, ni menos para la adicción de la anarquía, es tiempo de encontrarnos y eso exige una gran humildad para dialogar, para complementarnos y buscar todos juntos caminos y soluciones.

 

Una conversión personal y comunitaria con consecuencias sociales, porque el país cambió y no puede ser el mismo. Habrá un reordenamiento de prioridades, una revisión de los modelos, un espacio para la discusión pública y las concreciones realistas y necesarias. Pero no podíamos seguir como estábamos: desconectados de la realidad, anestesiados por el consumo, el desequilibrio de la vida, las colusiones y el abuso, la evasión virtual, las cifras macroeconómicas y la ingenua pretensión de ser un país sin fricciones ni fracturas, creyéndonos un modelo digno de imitar y un protagonista internacional. Un país con disfraz de desarrollo, pero con brechas sociales insoportables, y una dolorosa falta de equilibrio y dignidad para muchos en oportunidades, posibilidades, estilos de vida y trato. Un país que estaba incubando frustración e indiferencia, dejando así un espacio muy propicio para la liberación desatada de energías negativas.

 

Los acontecimientos han sido de tal magnitud que están remeciendo las conciencias, y hoy vemos al poderoso hablar desde la humildad y la empatía, y al débil desde su dignidad y sus derechos. Estamos comenzando un camino de conversión.

 

Para nosotros, como seguidores de Jesús y aliados de María, es una oportunidad de descifrar los signos de los tiempos a la luz de la persona, los gestos y las actitudes de Jesús, así como de valorar, conocer y aplicar la enseñanza social del Magisterio de la Iglesia y el pensamiento social del Padre Fundador. No podemos esperar que la jerarquía eclesial haga algo o esté liderando el proceso de encuentro social, hemos perdido ese espacio; ahora es un espacio ganado para todos los que somos iglesia, colocando a Jesús en el centro de las reflexiones, decisiones y concreciones del cambio social que necesitamos.

 

Nuestra conversión tiene un modelo: Jesús. Y una forma pedagógica para hacerlo presente, María. Hacerlos concretos en la realidad, como modelo y forma, es tarea de todos.

  

P. Juan Pablo Rovegno

Dirección del Movimiento


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