Carta de Alianza, P. Guillermo Carmona (septiembre 2017)

Cada gran hombre es una carta de Dios escrita a nuestro tiempo, decía Tenhumberg, expresando una clave fundamental para entender al Padre Kentenich: fue instrumento del Espíritu en su persona y en su obra; evangelio -buena noticia- para el corazón del hombre y la cultura de hoy.

Viernes 22 de septiembre de 2017 | P. Guillermo Carmona

Queridos hermanos,

Llovía en Schoenstatt el 20 de septiembre cuando el auto que llevaba el féretro del Padre Kentenich partía del Santuario original hacia la Iglesia de la Santísima Trinidad en el monte. Hermanas de María rodeaban el auto portando en sus manos una azucena. Reconocían así como padre, a aquél que, sin haber generado vida física, se había consagrado totalmente a los demás. Yo observaba todo esto desde un recoveco del camino, cuidando que todo se desarrollara en orden. Mientras el auto se acercaba, pensé en las personas que subían el monte, representando a tantas otras que desde los diversos lugares del mundo acompañaban el evento con dolor y gratitud: era "el llorar humano y el sonreír divino" cómo solía afirmar el P. Kentenich.

Ya en la Misa, el entonces Obispo de Münster y miembro del Instituto de Sacerdotes Diocesanos, Monseñor Enrique Tenhumberg, recordó un texto de san Pablo:

"¿Comenzamos nuevamente a recomendarnos a nosotros mismos? ¿Acaso tenemos que presentarles o recibir de ustedes cartas de recomendación, como hacen algunos?Ustedes mismos son nuestra carta, una carta escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres. Evidentemente ustedes son una carta que Cristo escribió por intermedio nuestro, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente, no en tablas de piedra, sino de carne, es decir, en los corazones." (2 Corintios, 3,1-3).

Cada gran hombre es una carta de Dios escrita a nuestro tiempo, decía Tenhumberg, expresando una clave fundamental para entender al Padre Kentenich: fue instrumento del Espíritu en su persona y en su obra; evangelio -buena noticia- para el corazón del hombre y la cultura de hoy. Pero no basta que el Padre sea una carta de recomendación. Cada uno de nosotros debería serlo: "Ustedes mismos son nuestra carta, una carta escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres", recordaba San Pablo.

Lo que la Iglesia diga HOY y dirá MAÑANA del Padre Kentenich se define en cada uno de nosotros, en cada familia schoenstattiana, en cada joven, en el misionero de la Campaña, en mi... ¿Qué deberían poder leer los hombres en esa carta viva? Fundamentalmente tres dimensiones: la alianza que transforma, el vigor evangélico de una Iglesia en salida y la presencia de Dios, Padre fiel y misericordioso, en quien podemos confiar y abandonarnos como niños.

El año del P. Kentenich es una invitación a canonizarlo con nuestra vida: "¡Canonícenlo ustedes!" nos desafiaba San Juan Pablo II en la plaza de San Pedro. Y es bueno que así sea. Es providencial que el proceso se demore: ¿de qué valdría tenerlo ya en los altares, si la Iglesia no reconoce aún su carisma, su mensaje para el tiempo de hoy? Sería un mero acto, valioso para nosotros, pero que probablemente caería en el olvido, como el nombre y el rostro de muchas personas canonizadas en los últimos años por la Iglesia.

Sólo así, cuando su familia se esfuerce por vivir como él vivió, a proclamar lo que él proclamó, a amar lo que él amó, entonces, es probable que él haga -como expresión de ese milagro- el milagro que la Iglesia requiere para confirmar su santidad. La pelota está entonces en nuestra cancha, y el partido ya se está jugando. ¡Manos a la obra!

Mientras tanto nos alienta su mensaje: "En íntima comunidad con Cristo y con María, queremos ir rumbo al Padre. 'Vine del Padre y vuelvo a él' esto vale también para nosotros. Con el Salvador y en el Salvador caminamos hacia el Padre; estamos en el mundo, pero vamos con él también hacia el Padre" (José Kentenich, 1964).

Les deseo un "Año del padre Kentenich" muy bendecido y que seamos esa carta de presentación, no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente. Desde nuestros Santuarios,

P. Guillermo Carmona

Fuente: Schoenstatt Argentina.

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