Retiro de Adviento 2015

El padre Carlos Padilla nos envía esta reflexión para esperar la llegada del Mesías. Adviento es un tiempo ideal para la meditación, arrepentimiento y perdón.

Jueves 10 de diciembre de 2015 | P. Carlos Padilla

Un año de misericordia

El Papa Francisco nos convoca a un Año Santo de la Misericordia. Un año marcado por el amor de Dios que se abaja sobre el hombre que peca y se aleja. Un año que abre su puerta santa en medio del Adviento. Una puerta santa que da al corazón de la sagrada familia. Una puerta santa de un establo donde la misericordia se hace carne. Y yo comienzo este camino anhelando la misericordia, buscando el corazón misericordioso de Jesús que nace en mis manos. Me conmueve pensar en este año de la misericordia justo cuando guardamos todavía en el corazón el eco de los atentados de hace unos días en París. ¡Tanto dolor! ¡Tanta crueldad! ¡Tantas muertes inocentes! ¿Cómo es posible hablar de misericordia ante tanto odio? ¿Dónde queda la misericordia cuando los inocentes mueren sin razón y la injusticia parece imponer su poder? ¿Cómo hablar de misericordia cuando tantos corazones claman venganza y se llenan de odio en medio de la guerra? ¿Cómo construir la paz sobre las ruinas que provoca la violencia? ¿Dónde está ese Dios que tiene misericordia de todos? Dios nos regala su misericordia siempre. Dios está abrazándonos en el dolor, en medio de las balas. La misericordia de Jesús ante el que odia, ante el que hiere y ofende, es infinita. ¡Vivimos en un mundo tan crispado! Pero Jesús viene con su mansedumbre, con su paz. Viene a calmar nuestra sed. Pero tantas veces yo mismo no soy misericordioso. Mi misericordia no es infinita. Sé que Jesús perdonó a los que querían su muerte colgado en la cruz. Él me enseña una forma distinta de enfrentar el odio. De amar a los enemigos. De no resistirme al mal. Me enseña una forma distinta de mirar al hombre, de mirar el odio y la injusticia, de reaccionar ante el dolor. Una forma de actuar que nos parece incomprensible. Una manera de comportarnos muchas veces criticada. ¿Por qué Jesús no se defendió con su poder y protegió a los suyos desde la cruz? Su impotencia me habla de su misericordia. Es su reino que no se construye sobre la fuerza, sino sobre el amor, sobre la paz, sobre la humildad. Es la paz que no se impone sino que surge de un corazón que ama. Es la calma que llega cuando le he dado mi sí a Dios en su querer y he besado la cruz de mi vida. ¡Tengo tanto que aprender del amor de Jesús! Ante tanto dolor, ante tanta injusticia, sólo puedo, conmovido, suplicar que Jesús me enseñe a amar como Él ama, a perdonar como Él perdona, a consolar como Él consuela. ¡Tanto dolor hay a nuestro alrededor! ¡Tantas personas a las que puedo regalar el amor de Dios!

El corazón de Dios se enamoró de la miseria del hombre en Belén. El corazón de Dios se hizo de carne. Se hizo pobre. Es la misericordia encarnada. Dios se acerca, se abaja, se humilla y se mete en mi vida para siempre. Llega a mí. A mi historia. A mi alma. A mi pobreza. La misericordia es cercanía. Cuando alguien sufre, sólo el que se acerca se puede conmover. Por eso el samaritano fue el único que curó y cuidó al herido en el camino. Porque se acercó y ya no pudo seguir de largo. ¡Cuántas veces achacamos a Dios que está lejos! ¡Cuántas veces vivimos desde fuera los problemas de los demás juzgándolos, poniéndoles una etiqueta! A veces nuestra acción social se hace de lejos, sin mancharnos, sin tocar al herido. Nos quedamos lejos. A Dios mismo le pedimos un milagro en un problema sin contar con Él en el camino. Que nos lo solucione desde lejos y nos deje tranquilos. Los cristianos a veces damos respuestas teóricas al sufrimiento de los otros, a sus debilidades, y permanecemos lejos. Intocables. Dios en Belén se acerca, se abaja, se pone a mi lado y desde mi vida, desde lo más hondo de mi alma, va conmigo y me habla. Ya no es su voz desde el cielo, como guió a los profetas, es Jesús metido en mis entrañas paseando por mis días y mis noches, haciéndose el encontradizo en las esquinas de mi camino. Desde dentro. Desde mí. La misericordia es ponerse en el lugar del otro. Dejarse tocar por lo que el otro siente. Sin empeñarnos en darle nuestro lenguaje, respetando el suyo. Su creencia. El momento en el que está. Su historia. Despojándome de mi esquema. De lo que yo sé. De lo que yo pienso. De lo que yo he vivido. Hay un dicho que me gusta: «Antes de juzgar a alguien, camina una milla en sus zapatos». Ponerme en su lugar. Eso hizo Dios en Belén. Se puso en mis zapatos. Se hizo como yo. Con un corazón de carne. Con miedo y nostalgia. Con incertidumbres y sueños. Con capacidad para descubrir cosas, para fracasar, para volver a empezar. Dios se compadece de mí y sufre cuando yo sufro, aunque no me lo crea. Se hace impotente para comprender mi impotencia. Porque el único poder con el que cuenta es el amor. Se hizo necesitado para mostrarme que el camino es ser vulnerable ante Él. Todos estamos heridos. No nos han comprendido alguna vez. Nos han juzgado. No se han puesto en nuestra piel. No nos han dejado explicarnos. ¿Alguna vez he sentido esa comprensión de Dios, o de alguien? ¿Cómo es mi capacidad de comprender y de juzgar? ¿A quién juzgo? ¿A quién comprendo? ¿Quién me juzga? ¿Quién me comprende? Juzgar me aleja. Me hiere y hiere. Comprender me acerca. Y sana heridas. Pienso que Dios es más humano que nosotros muchas veces. Él siempre me comprende. No me juzga ni me etiqueta de tal manera que me impida cambiar. Es menos duro que yo conmigo mismo. Me acoge como soy.

La misericordia es amar la debilidad del otro. Amar más porque es débil y necesitado. Así es la ternura de Dios por cada uno de nosotros. Decía el Papa Francisco: «En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aun más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención». Mi debilidad es su debilidad por mí. Mi pequeñez y limitación es motivo de su ternura. Dios sonríe ante mis imperfecciones, mis incapacidades, sólo desea que le pida ayuda. Mis heridas para Él son mi mayor tesoro, porque me hacen necesitado de amor, y ante ellas, Él tiene un respeto sagrado. Me cura, me unge. Mi pobreza, mi pequeño establo, pobre y lleno de buenos propósitos, es el lugar donde quiere nacer. La misericordia de Dios se derrama en el Adviento. Dios toma mi pobreza. Nace en la noche, en soledad, en un lugar sencillo porque no cabe en ningún otro. Y sólo se enteran unos pastores y unos reyes paganos. En silencio, en pobreza, en una aldea perdida de la tierra. Lo más débil se hace grande. Dios pone su tienda en medio nuestro. Con delicadeza. Sin imponer. Sin arrasar. Se hace frágil y pequeño, se hace niño. Y mi pequeñez es la suya. Es tan pequeño el niño Jesús que sin sus padres no puede hacer nada. Sólo puede recibir amor. Sólo recibir cuidados. Es la paradoja más impresionante de la historia, junto con la de la cruz. Me arrodillo ante el amor de Dios que irrumpe tan delicadamente y tan profundamente en la vida de cada uno. Haciéndose parte de mí. La misericordia de Dios es despojarse del poder para hacerse impotente y pobre. ¡Cuántas veces yo escondo mi debilidad! ¿Cuál es mi debilidad mayor? ¿Cómo ha sido en mi vida esa debilidad motivo de misericordia de Dios? ¿Sé alabar a Dios, como María, porque ha mirado mi pequeñez? ¿Cómo ha sido mi historia de debilidades? La misericordia es a veces mirar en silencio. Callar. Acoger. Estar. No dar lecciones. No dar recetas. No avasallar al otro. Sino sencillamente, compartir y abrazar. A veces, compartir el dolor es mejor que dar la solución. Porque el otro quizás sólo necesita que me rompa con él. Que no le diga que «no pasa nada» en seguida. Porque eso le duele. Que sea delicado con su oscuridad, su confusión, su incapacidad. Yo tampoco sé nada. Sólo puedo estar cerca. Y escuchar. En silencio. Respetando sus tiempos, sus procesos, su herida. Así hace Dios en Belén. Él llega para compartir mi vida, mi dolor y mi camino. Para ir a mi lado sin decirme nada. Amándome. Mirándome. Esperándome. Acogiendo el momento que estoy viviendo sin pedirme que viva otro o que sea otro. No me quiere perfecto. Me quiere tal como soy. Así llega Dios esta Navidad. Silencioso. Se hace niño que no puede opinar, ni forzar nada. Nadie se entera en la tierra que está Dios en una cueva. Sólo unos pastores. Sólo José y María. Se agacha para tocarme. Se agacha para que le toque.

La misericordia es poner el corazón en algo más allá de mí mismo. En la necesidad del otro. Tiene que ver con salir de mí. Con dejarme tocar por otro. Pienso en el primer adviento de María. Ella tuvo misericordia de Isabel. Se conmovió al pensar que estaba sola y era anciana. No se guardó, no protegió su embarazo, se puso en camino sin pensar en nada más. Esa es la misericordia de Dios en este Adviento. Dios se pone en camino hacia mí porque le importo. María se pone en camino hacia Isabel, porque la necesita. Miro a José. Tiene misericordia de María y no la repudia públicamente. Porque se conmueve ante la posibilidad de que María sea puesta en entredicho. A pesar de que no comprende, a pesar de su dolor y su desgarro. El dolor de María le duele más que el suyo y decide repudiarla en secreto. Pienso en la grandeza de su alma. José no pensó en el supuesto pecado de María. Pensó en su fragilidad si la repudiaba públicamente. En su dolor. Dios eligió dos corazones misericordiosos para nacer. Durante nueve sólo José y María conocían la promesa meses. Hasta el anuncio a los pastores y a los magos. Y esperaban. Sus corazones amaban de la misma forma como Dios ama. Con misericordia. Con compasión. Con comprensión. ¡Qué lejos estoy de eso! María pensó en Isabel y su necesidad antes que en sí misma. José pensó en María y en su dolor, antes que en el suyo. El portal de Belén fue la primera puerta de la misericordia de la historia. Un niño pequeño es el mayor signo de misericordia. José y María atravesaron la puerta del establo. Luego los pastores, los primeros niños adorando. ¿Cómo es mi misericordia ante el dolor y la necesidad del otro? ¿Cómo es la misericordia de los demás ante mi dolor, ante mis necesidades cotidianas? Jesús nos enseña el camino con su vida, con sus palabras de consuelo, con su perdón en la cruz, con su forma de curar y de dejarse tocar por cualquiera. Nos muestra el corazón de Dios. Ese corazón misericordioso y compasivo. Belén es la puerta de la misericordia. Me gustaría que este año todos nos agachemos para entrar por ella y poder adorar al Niño. Esperamos con María y José.

La misericordia es el corazón herido de Jesús que se abaja y se introduce en mi miseria. Somos «miserandos», hombres necesitados de la misericordia. En mi fragilidad y en mi torpeza necesito su mirada pura y misericordiosa. Él escarba en mis heridas para quitarme el dolor y calmar mis ansias. Se compadece de mi pobreza y me recuerda cuánto valgo, qué grande es mi dignidad. Se acuerda de que soy pequeño y me bendice, porque no puede dejar de hablar bien de mí, de mi vida. Viene a mí y me llena con su amor infinito para que yo pueda aprender a amar de otra forma. Es esa misericordia que tenemos que reconocer cada mañana, cada noche, en nuestra vida. Se nos olvida y pensamos que el mundo nos debe algo, que los demás nos deben algo, que Dios nos debe algo. Me gustaría que mi oración fuera siempre sentarme junto a Dios, y mirar juntos cada tarde mi vida. Mirarlo a Él, mirar mi vida y descubrir dónde estuvo Él, donde me amó más, en que encrucijada del camino de forma especial me sostuvo y me alentó a seguir caminando. ¡Cuántas veces la oración de la noche se llena de recriminaciones por lo que no fue perfecto! ¡Qué pocas veces es un canto de alabanza, un magníficat, por la vida y las alegrías que hemos podido palpar! Tengo que pedirle a Dios que me ayude a mirar con misericordia mi vida. Que me cambie la mirada. Que me enseñe a no juzgarme, a no condenarme tan fácilmente por lo que no he hecho, por lo que he hecho mal. Así mira Dios mi vida. Se alegra al contemplar mi pasado y mi presente. Sueña con mi futuro. ¡A veces somos tan duros con nosotros mismos! ¡Nos falta tanta misericordia! No tenemos misericordia en nuestras caídas. Es muy difícil ser misericordiosos con los demás si no lo somos con nosotros mismos. Es imposible. Cuando me miro con misericordia, puedo mirar a otros con paciencia y amor. Una persona me decía: «He decidido vivir con paz. Ya no le exijo cosas a mi marido que no me puede dar. Estoy contenta con mi olmo. No me da peras. Pero estoy feliz». Vivimos infelices muy a menudo exigiéndole a la vida y a las personas lo que no nos pueden dar. Nos frustramos una y otra vez con el mundo, con nosotros mismos. Tengo que amar el olmo y no exigirles las peras que no me puede dar. Amar mi vida y no exigirme lo que no surge del corazón, lo que no es posible. Tengo que aprender de Jesús. Para Él mi vida es el camino más bonito, más pleno y más lleno de posibilidades. Así debería yo mirar mi vida. Así entonces podría ser misericordioso con los otros. Me gustaría que mi corazón se pareciera cada vez más al de Dios. El corazón de Dios es, ante todo, misericordioso. Antes que nada es un corazón lleno de misericordia. Decía el Papa Francisco: «Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia». Eso es lo que vino a regalarnos Jesús, su misericordia. Su manera de conducir mi vida es con misericordia.

Me gustaría que pensáramos un momento cómo vemos el corazón de Dios. ¿Qué tres palabras definen ese corazón? ¿Cómo percibo yo su amor? De la imagen que tenemos de Dios depende cómo nos acercamos hasta Él. Si vemos un Dios justo, rígido, exigente, nos dará miedo acercarnos, decirle algo. Si lo que vemos en Él es un corazón bueno y paciente, no temeremos nunca estar a su lado. Lo primero que me viene a la cabeza al pensar en Dios es que su corazón es manso, paciente y alegre. Es un corazón lleno de misericordia. Me gustaría aprender a tocarlo en mí cada día. Es el amor que quiero oír para poder entregarlo y poder caminar. Pienso que en Belén se hizo carne la misericordia infinita de Dios. Su amor misericordioso se desbordó en el vientre de María. Se hizo voz, manos, mirada. Se hizo abrazo y sonrisa. Se regaló hecho hombre entre los hombres. Oculto en una cueva encendió la luz de su amor. Tal vez la misericordia actúa así, sin publicidad, sin fuegos artificiales, sin esperar ser reconocida. Me gustaría detenerme y hacer silencio para encontrarme con ese amor que viene a mi encuentro. En el corazón de Jesús quiero escuchar en silencio todo su amor, toda su misericordia. Es un corazón que me pacifica, que me muestra el sentido de mi vida, que me recuerda quién soy. Mi vida es el lugar de encuentro entre el amor de Dios y mi miseria. No entre su justicia y mi imperfección. Dice el Papa Francisco: «Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Quien se equivoca deberá expiar la pena. Sólo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está en la base de una verdadera justicia». La justicia de Dios se mueve en la clave de la misericordia. Nuestra justicia exige que cada uno pague lo que debe. El perdón de Dios supera todos los límites. A nosotros nos gusta más que se haga justicia como nosotros la entendemos. A cada uno lo suyo. A cada uno según sus obras. ¿Cómo puede ser tan misericordioso Dios con el que actúa mal, con el que es injusto, con el corrupto, con el asesino, con el terrorista? La misericordia de Dios me recuerda que su justicia busca mi salvación. Y entonces mi encuentro con Él no es un encuentro entre su amor y el mío al mismo nivel. Es imposible. Su amor infinito desborda mi amor finito. El encuentro es entre su amor y mi miseria. Su corazón enclavado en mi miseria me levanta y me hace mejor de lo que yo me siento. No hay nada que haya podido hacer que pueda privarme de su amor. Esa es la verdadera misericordia. Un amor que desborda, que no es debido, que supera todas las expectativas. Así me conduce Dios siempre. Así ha sido en todos los nudos de mi vida. Así Dios va forjando mi historia. Con gratuidad. Sin que yo me lo tenga que merecer. A cambio de nada. Así fue el amor de Cristo en la cruz. Así fue su mirada sobre el Buen ladrón. Me dice: «Te amo porque eres tú, como tú eres. No tienes que hacer nada para que te ame». Nuestra vida es gratuidad. Dios actúa misteriosamente en mis aciertos y mis errores. En mis logros y mis caídas. En mis alegrías y mis fracasos. En mis opciones y mis renuncias. En mis grandezas y mis heridas. En mi pecado y mis dones. En mis carencias y mis sueños. En mis llegadas y mis huidas. ¿En qué momentos de mi vida he sentido el latido de Dios con más fuerza? En mi vida, de forma particular, Dios ha salido a mi encuentro, se ha encarnado. Ha venido al Belén de mi corazón, al establo sucio y maloliente en el que Él quiere nacer de nuevo. Me busca en Belén. Me encuentra en la pobreza de mi alma. Mi vida es un sagrario en el que vive y late el corazón de Dios. No es fundamental que esté todo perfecto, limpio, pulcro. Él se conmueve siempre ante mí. De rodillas tengo que aprender a adorar a ese Dios que me ama con locura en medio de mi vida. En ella. En Jesús, Dios irrumpió en la historia. En mi historia. Y se hizo carne.

Dios está presente con su misericordia en mis imperfecciones y en mi pecado. A veces pensamos que no. Que de mi debilidad y de mi pecado Dios se aleja. Como si se avergonzara de mí. Pero no es así. Soy más bien yo el que se aleja avergonzado cada vez que peco. Pero Dios está en mi pecado. Os invito a pensar en un momento en ese pecado que más os duele. ¿Cuál es? Ese pecado que me pesa en el alma y me hace caminar con dificultad. Ese pecado que me cuesta recordar porque me sigue doliendo. Al mismo tiempo os invito a pensar en esos pecados que repetimos con frecuencia. No son pecados grandes, pero se repiten, me duelen en el alma y también hieren a los que más quiero. ¿Cuáles son? Los pienso. Les pongo nombre. Los miro. Los intento mirar con misericordia. ¡Qué difícil! Ahora imagino que Jesús se acerca, me mira, mira mi pecado. Se queda con su mirada fija en mi pecado. No en mis méritos. No mira con alegría mis buenas obras sino mi pecado. Se acerca a mi oído y me dice algo. ¿Qué creo que me dice? Tal vez leo en sus ojos la decepción, la tristeza, no la alegría. Bueno, pienso, me quiere pese a mi pecado. Vuelvo a imaginar a Jesús junto a mi pecado. ¿Qué me gustaría que me dijera? Si de verdad creo que Jesús es misericordioso, ¿qué me diría? Esta es la verdadera mirada de misericordia de Dios sobre mi pecado. Se conmueve con mi dolor. Se alegra al verme pequeño y arrepentido. Me quiere no a pesar de mi pecado. Me quiere todavía más en mi pecado. Tengo que comprenderlo de verdad. Dios no está solo en mi sufrimiento. También se encuentra en mi pecado. Eso es lo que significa misericordia. Es verdad que me desconcierta. Me abraza en mi pecado. Me sostiene y me recuerda cuánto valgo. No está por un lado el demonio cuando peco y Dios cuando hago el bien. Los dos están en mí. El demonio me tienta cuando hago el bien, y me hace creer que valgo más que nadie. Y está en mi pecado, diciéndome que no valgo nada, que no sirvo para nada. Dios está en mis buenas obras y en mis faltas. En mi pecado me abraza siempre conmovido. Quiere recodarme que soy su hijo, que valgo mucho. Pero yo no acabo de comprender que pueda estar allí donde más le niego, donde más me alejo de Él. Él permanece en mi alma cuando huyo, y me llama con cariño cuando le insulto. Decía el Papa Francisco en su Bula: «Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma. Permanecer en el camino del mal es sólo fuente de desilusión y de tristeza. La verdadera vida es algo bien distinto. Dios no se cansa de tender la mano. Está dispuesto a escuchar, y también yo lo estoy, al igual que mis hermanos obispos y sacerdotes. Basta solamente que acojáis la llamada a la conversión y os sometáis a la justicia mientras la Iglesia os ofrece misericordia». Dios me ofrece su misericordia en mi pecado. Siempre lo hace, de forma especial en este año. Sé que su corazón está puesto en mi miseria y ahí me salva. A veces me gustaría borrar de mi historia mis caídas, mis pecados, mis debilidades. Presentar un libro de hojas en blanco. Me gustaría tener un historial perfecto, puro, sin manchas. Sin heridas ni grietas. Pero no es así. Estoy roto. Tengo manchas en mi expediente que no me dejan mostrarme perfecto ante los demás ni ante Dios. Algunos pecados van conmigo siempre y se repiten continuamente. Vuelvo a recordarlos y sufro. Me confieso y me vuelvo a confesar. Vuelvo a pecar en lo mismo y me abruma mi torpeza. Y me arrepiento y quiero no pecar nunca más. Y vuelvo a caer. Sigo pecando. Pero Dios me perdona y ya lo olvida todo. Yo no olvido, yo lo recuerdo continuamente con vergüenza. Y me siento indigno de llegar al cielo con semejante carga a mis espaldas. Me siento indigno de atravesar su puerta santa con ese corazón mío tan miserable. Mi vida está rota y me siento humillado delante de ese Dios perfecto que me quiere con locura. ¡Me cuesta tanto creer en su misericordia cuando me siento tan impuro! ¿Qué pecado he cometido en mi vida que me hace esconderme de Dios? ¿Qué pecado inconfesable me cuesta contar? ¿Qué pecado repito una y otra vez volviendo cada día a tocar mi pobreza?

Jesús ya no se acuerda de mi pecado. El amor de Dios me sana. Me inunda su misericordia. No hay nada, ninguna situación de mi vida que me cueste, ningún pecado o error por muy grave y grande que me parezca, que no sea para Dios motivo del amor más hondo por mí. Él sólo quiere que tal como soy me muestre delante de Él. Sin miedo, sin vergüenza. Jesús ya murió por mí, por todos mis pecados. Mi pecado ya estaba clavado en su cruz y me ha perdonado por ello. No quiere que recuerde mi pecado, sólo que crea de verdad que me ama con locura. Una persona me confesaba el otro día: «Me cuesta creer que Dios no se ponga triste cada vez que caigo, que no se decepcione». Pero es así, Dios me espera, no se decepciona, está enamorado de mi pequeñez. Es el amor que necesitamos experimentar para poder amar nosotros. Decía el P. Kentenich: «El hombre debe experimentarse amado por Dios para que se despierte su instinto de amar»[1]. En mi pecado palpo más que nunca el amor de Dios. Allí me descubro frágil, débil, necesitado. Mi pecado es esa grieta por la que Dios entra en mi alma y me dice cuánto me quiere. En mi pecado palpo la distancia entre lo que soy y lo que sueño, entre el océano inmenso y el charco de mi pobreza, entre lo que deseo y lo que no alcanzo. Mi agua sucia se ve tan despreciable al lado de ese agua inmensa y pura de Dios que me absorbe. No tengo que temer. En mi pecado Dios me dice que me ama con locura. Me diluyo en el mar de su misericordia. Decía el P. Kentenich: «Cultivemos la gratitud repasando día y noche los dones que Dios nos ha hecho, ‘nadando’ en el mar de sus misericordias. Es muy importante hacerlo, ya que seremos niños en la medida en que nos sepamos amados»[2]. Dios me ama, no pese a mi pecado, sino precisamente en mi pequeñez reconocida y presentada como una ofrenda de amor. Allí está Dios amando, y me habla. No pretende que no peque nunca más. Sabe que no puedo. Pero entiende que el pecado me hace daño. Me aísla y me vuelve egoísta. Me hace impuro en mi mirada y en mis sentimientos. Me vuelve egocéntrico y desconfiado. El pecado me hace más duro conmigo mismo y con los demás. Me rompe por dentro y me hace incapaz de amar con libertad, sin encadenar, sin mendigar amor. El pecado me hace sentirme indigno. Y cuando entro en una cadena de pecado me vuelvo más frágil. Me dejo llevar. Mi voluntad cede. Me vuelvo blando y sensible. Vulnerable. Torpe para dar y para amar a los otros. El pecado a veces me hace duro, incapaz de acoger la misericordia de Dios y de amar a los hombres. Dios no quiere mi pecado, eso es verdad, no desea mi incoherencia. Me quiere fiel, me quiere sano. Y sabe que el pecado me enferma y no me hará feliz nunca, aunque me dé momentos de alegría pasajera. Una alegría incompleta que nunca va a llenar mi corazón de paz. Dios sabe que en la oscuridad de mi pecado no crezco, no avanzo, no soy mejor persona. El pecado puede alejarme de Él.

Aunque también puede ser que el pecado me acerque más a Dios. A veces, arrepentido, puede ser el pecado el mejor camino para conocer su misericordia. Dios no desea para mi vida lo que me hace mal. Igual que no quiere mi enfermedad porque sabe que me hiere. Pero no deja de amarme nunca. En el pecado me ama y me abraza conmovido. Su ternura me salva. Me espera en mi pecado como el padre de la parábola espera al hijo pródigo. Se conmueve igual que una madre ante su hijo cuando llega hasta ella sucio y despeinado. Porque así puede ella besarlo sucio, decirle que le quiere igual, y ayudar a lavarlo. Sí creo que el pecado nos puede alejar o acercar a Dios. Depende de si acudo a Él arrepentido cuando fallo o me alejo. Pedir y recibir perdón es tocar el corazón de Dios misericordioso. Y es el único camino que nos hace misericordiosos a nosotros, capaces de consolar. Me conmueve la ternura de Dios. Es verdad que no desea mi pecado, pero no hay nada que le pueda conmover más que cuando llego hasta Él derrotado y necesitado. Sólo Él es capaz de sacar de mi pecado algo bueno. No hay nada que nos conmueva más que alguien a quien amamos llegue a nosotros y nos diga: «Perdóname, lo he hecho mal». ¿Acaso no lo amamos más entonces? ¿Acaso su actitud no saca lo mejor de nosotros? Nos conmueve que alguien nos pida perdón cuando ha caído. Nos arrodillamos ante ese gesto humilde y sencillo de amor, ante ese espíritu de niño. Así llegamos arrepentidos ante Dios cuando pecamos. Dios me ama en mi debilidad. Me quiere en mi caída, como esa madre ama a su niño pequeño que tropieza, se mancha y se hace daño. Dios me abraza y me levanta con ternura, conmovido, agradecido. Y me dice que tenga ánimo y siga luchando, entregando la vida. Me anima a romper la cadena de esclavitudes en la que me he metido. Porque no quiere que sufra y me haga daño, aunque entiende que soy tan frágil. Quizás volveré a caer. Dios me pide que si ocurre no me aleje nunca. Al contrario, que vuelva hasta su puerta, que toque. Él estará esperando impaciente mi regreso. Pase lo que pase. Me recuerda que soy débil, para que no confíe en mis propias fuerzas, y viva sólo en Él. Dios me habla en mis tropiezos, en mi pecado, en mi falta de amor. Me habla en mis egoísmos y fragilidades. Me susurra que me quiere allí donde me encuentro. Sé cuánto me ama. Saber cuánto me ama Dios me da fuerzas, me hace creer de nuevo en mí mismo, me hace recuperar la confianza, me ayuda a ver la belleza que tengo en el alma. Me fortalece en mi voluntad. Dios me sostiene y me muestra el camino a seguir. En el templo, cuenta Jesús, se acercan dos hombres a Dios, un publicano y un fariseo. Los dos pecaron. El publicano por la vida que llevaba. El fariseo por su orgullo y dureza de corazón. Pecó porque pensaba que no tenía nada de lo que arrepentirse. Porque se creía perfecto. Sólo uno de los dos fue escuchado porque pidió perdón y se sintió sucio y frágil. Dios se conmovió y lo abrazó. El otro volvió a casa satisfecho, pensando que era mejor que muchos hombres. Dios mira el corazón. A veces nosotros jugamos la moralidad externa. Vemos sólo las ramas del árbol y nos impresiona su aspecto. Vemos que el publicano peca porque roba y lo juzgamos. Miramos al fariseo y creemos que es santo porque está bajo la ley, porque cumple muchos preceptos. Pero no basta con cumplir, hay que amar, es lo más importante. Dios nos quiere limpios por dentro y por fuera. En la parábola del hijo pródigo los dos hijos pecaron. El pequeño por egoísmo, deslealtad, inmoralidad. Por pensar que él solo era capaz de manejar su vida. El mayor por envidia, soberbia, por desear el mal de su hermano y no alegrarse por su bien. Sólo uno pidió perdón y conoció el corazón del padre de verdad. Volvió arrepentido a casa, humillado, herido. El otro ni siquiera pensó que había pecado. Sólo vio el pecado de su hermano. Sólo uno conoció la misericordia del padre. El otro quedó en su pecado aislado. Sólo para uno el pecado fue motivo de alegría y la oportunidad para conocer a su Padre. Sólo pudo el padre perdonar a uno de los dos. Al otro no pudo porque no se dejó. Dios no quiere nuestro pecado. Porque nos aísla como en el caso del hijo mayor. Nos aleja como pasó con el menor. Pero nos ama más cuando llegamos derrotados pidiendo ayuda. Su abrazo nos da más fuerzas para no pecar, para amar más. Para volver a empezar cuando volvemos a tocar la alegría de Dios, la alegría de su perdón. El abrazo de Dios es una fiesta. Y nos abre el corazón, nos capacita para amar más.

Dios hace obras de misericordia conmigo. ¿Cuál ha sido la obra de misericordia de Dios en mi vida? Una y otra vez tengo que recordarla porque esa obra de misericordia se repetirá siempre en mí. Es como el canal por el que Dios siempre va a entrar en mi alma. Jesús un día me vio caído y me vistió, me curó, me visitó, me levantó. Jesús vio mi vida desordenada y vino a aconsejarme con su amor inmenso. ¿Cuál es su obra de misericordia? ¿De dónde me sacó cuando estaba caído? ¿Cómo era mi cueva, mi establo, cuando llegó y llenó todo con su luz? Es bueno recordar ese momento, conmovido. Reconocer su paso por mi vida y darle gracias. Pensemos un momento en esa obra de misericordia de Dios conmigo. Ahí Dios me despojó de caretas y poses y me dejó ver la profundidad del abismo en el que vivía. Me mostró en qué consistía mi vida y la oscuridad que había en ella. Esa imagen se debió quedar grabada en mi alma. Dios vuelve una y otra vez, cada vez que me olvido, a mostrarme cómo soy, quién soy. Me muestra lo que puedo ser y también en lo que me puedo convertir si me dejo llevar por la corriente. Dios me saca de mi soledad para abrazarme con su amor infinito. Me dice que valgo tanto que ni yo mismo me lo acabo de creer. Y me dice quién soy de verdad, no como me ven los demás, no como me veo yo. Me muestra cómo me ve Él. Esa es la mayor obra de misericordia que tiene conmigo. Me desvela el misterio de mi vida. Mi vida ya tiene sentido por un momento en el que haya sentido el abrazo de Dios lleno de misericordia en una parte del camino. Por eso es tan importante volver a saborear esos momentos de misericordia. Una confesión profunda, un abrazo humano, unas palabras que me sacaron de las dudas en las que vivía, una mirada de perdón, alguien que me interpeló y me llevó a cambiar de vida. Unas palabras escritas que tocaron mi corazón, un libro, una película, un encuentro casual, una enfermedad, un paisaje, la muerte de un ser querido. Momentos en el camino en los que descubrí su amor y me descubrí a mí mismo a la luz de su verdad, de su amor, de su misericordia infinita. Basta con un momento en el que haya sentido ese amor de Dios incondicional para seguir caminando con esperanza y alegría. Me basta haber tocado su perdón. Cuanto más hemos sido perdonados, tanto más amamos. Percibir su ternura inmensa nos sana. Su amor crucificado por mí. Ese momento, ese sitio, ese instante, esa persona, esas palabras, son la roca de mi vida. En ellas descanso y recobro fuerzas. Con eso vale para seguir caminando y luchando cada día. ¿Cuáles son esos momentos? Hago silencio y pienso en ellos. Esos momentos son el lugar sagrado de mi historia. En ese momento, Dios logró decirme lo que siempre hace: que está conmigo, que me ama con locura, que desde toda la eternidad pensó en mí, en mi nombre, en mi valía. Que me acompaña y cuida en la misión que me encomienda. Me dice que quiere vivir conmigo la aventura de llegar hasta el cielo juntos, de vivir el cielo en la tierra cada día de la mano. Me gustaría vivir mi vida siempre así, confiando. Con la certeza de ese amor que se abaja hasta tocarme, de ese Dios que se hace carne para abrazarme. Para mostrarme el camino de la misericordia. Para recordarme cuánto valgo y cuánto me quiere.

 

 

El magníficat de María

Hoy me gustaría detenerme en María. Ella es madre de la misericordia. En el Santuario Ella nos espera para acoger nuestro dolor, nuestras penas. Decía el P. Kentenich que el Santuario es la catedral del amor. Contra sus paredes se rompen nuestros dolores. Allí experimentamos la misericordia de María. Decía el Papa Francisco: «La Madre de la Misericordia. La dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Ninguno como María ha conocido la profundidad del misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor». Siempre me conmueve pensar en María, mirar a María. Su corazón inmaculado. Abro la puerta del santuario, atravieso el umbral, y la miro. Busco su misericordia. ¿Cómo experimentó María, la mujer sin pecado, la misericordia de Dios? ¿No es acaso el pecado lo que más nos hace necesitar la misericordia de Dios y, al tocarla, experimentamos la desproporción entre lo que soy amado y lo poco que yo amo? ¿Cómo y dónde experimentó María, siendo Ella la mujer vestida de sol, la Inmaculada, la más bella de las mujeres creadas por Dios, el amor de Dios? Me conmueve mirar a María. Me conmueve mirar su belleza, la pureza de su mirada, la grandeza de su corazón. Es curioso, pero fue Ella, la mujer más bella y pura, la que tocó con más claridad en su vida la misericordia de Dios. Y es por eso que Ella se convierte entonces en fuente de misericordia para mi vida. A veces, es verdad, el pecado de los hombres nos acerca. El pecado me habla de lo humano. También, es verdad, el pecado en sí mismo me produce rechazo. El pecado de la corrupción, el pecado del asesinato y la crueldad, el pecado del odio. ¡Cómo no rebelarme y alzarme contra tantos pecados manifiestos y públicos que me escandalizan! ¡Cómo no gritar contra las muertes en Francia de hace sólo unos días que me llenan de dolor! El pecado me quita la alegría, el pecado no me habla de Dios. Por eso me resisto al poder del mal. ¡Qué difícil ver a Dios en mi pecado! Es cierto. ¡Qué difícil ver a Dios en la suciedad de los hombres! En esos pecados que me duelen en mi carne herida. En ese pecado que atenta contra el amor, contra la libertad, contra la justicia, contra la verdad. ¡Cuánto mal me hace el pecado de los hombres! Me hace mal, porque me recuerda que yo también soy de barro. Porque no me alegra el alma y me envenena. Porque ver la suciedad y el vacío, ver el odio y el mal, me hace daño. Le quita luz al alma. Hace que mis sueños se desvanezcan y sé que los sueños son lo que me elevan y me dan fuerzas para la lucha. Ver el pecado y el mal me puede envilecer. Logran que no anhele lo más grande, que no tenga ideales. Si otros lo hacen, puedo llegar a pensar, ¿qué importa que yo lo haga? Si otros roban, ¿qué más da si yo robo? Y si odio, y si mato. No importa. Otros también lo hacen. El pecado nos iguala a todos, nos nivela, y nos hunde. Es lo más triste. Un ambiente en el que el pecado es común, continuo y visible, nos hace daño. Acaba con nuestra mirada pura. Nos envilece. Pienso en los ambientes de críticas continuas. En los ambientes en los que la sospecha es lo que importa. Esos ambientes en los que robar y engañar son moneda de cambio continua. Esos lugares en los que el juicio sobre la vida del otro es algo habitual. Esos lugares donde se habla con odio de otros, o se fomenta el odio y el desprecio hacia los enemigos. ¡Cómo no contagiarse del mal! Así como el bien es difusivo, el mal es como una marea negra que acaba con la luz y con la vida. Opaca los colores, lo nivela todo. ¿Cómo son los ambientes en los que me muevo? ¿Qué ambientes creo yo con mis palabras, con mis acciones, con mis gestos? ¿Cómo son las personas que me rodean? ¿Hasta qué punto influyo yo con mi vida en los ambientes?

Los ambientes donde reina el bien me cambian, me hacen mejor persona. Me llenan de luz, me hacen soñar con metas altas y grandes. El P. Kentenich habla de los ambientes de Inmaculada. Ambientes que elevan el alma y la llevan a ambicionar lo más alto, lo mejor. Decía el P. Kentenich en su oración el Cántico del terruño: «¿Conoces aquella tierra cálida y familiar que el Amor eterno se ha preparado: donde corazones nobles laten en la intimidad y con alegres sacrificios se sobrellevan; donde, cobijándose unos a otros, arden y fluyen hacia el corazón de Dios; donde con ímpetu brotan fuentes de amor para saciar la sed de amor que padece el mundo?» Hay ambientes de cielo en la tierra que sacian la sed de amor que todos tenemos. Ambientes que nos hacen mejores. ¿Tengo ambientes así que me hacen crecer y soñar con lo más alto? ¿Contribuyo yo con mi forma de amar a crear ambientes así? A veces hablamos de ambientes burbuja. Y lo hacemos con un cierto tono despectivo, como diciendo que el mundo no es lo que vivimos en ellos. En parte es cierto. El mundo es mucho más de lo que allí se vive. Es sólo una parte. Pero, ¡qué bien nos hace tocar de vez en cuando ambientes que nos elevan y ayudan a caminar! Ambientes en los que podemos ser nosotros mismos sin miedo al rechazo. Ambientes que me hablan de una nobleza que de vez en cuando olvido. Y me recuerdan que estoy hecho para algo más grande. Me muestran que el cielo se puede vivir en la tierra, aunque siga pecando y cayendo. Me hablan de lo que logra hacer Dios cuando su reino vive en mi corazón, en lo más hondo de mi vida y se contagia con mi entrega. Hay personas que son capaces de cambiar con su vida un ambiente. No son muchas, pero las hay. Personas que no son inmaculadas. Pecan y caen. Se levantan y sueñan. Esperan algo más grande y no se conforman con una vida mediocre. Viven cuidando la llama de su corazón. Esperan un cielo en la tierra. Confían en los demás. Nunca sospechan ni desconfían. Pecan de ingenuas. No hacen de su pecado un hábito. No miran a los demás juzgando continuamente sus vidas. Acogen y perdonan. No se desesperan al ver la fragilidad y confían en la misericordia de Dios que está en ellos. Creen en el poder transformador del amor. Ven el bien que hay en cada corazón. Son personas que más bien parecen ángeles caminando entre nosotros. Porque todo lo que tocan lo llenan de luz y todo lo que hablan eleva el ambiente. Me gustaría conocer muchas personas así. Me gustaría, eso aún más, llegar a ser así, a mirar así, a hablar de los demás así. Que mis palabras crearan un ambiente de esperanza. Que mi presencia elevara el tono de las conversaciones. Que mi mirada de luz positiva permitiera que los demás se vieran mejor de lo que son. Que mi vida fuera reflejo de un amor más grande y capaz de cambiar la forma de amar de los hombres. ¡Qué lejos estoy a veces del ideal! ¡Qué lejos de ese amor que lo transforma todo! Ojalá todos los ambientes en los que nos moviéramos reflejaran el amor de María. Ella, la Inmaculada, lo cambia todo con su presencia. Nosotros somos sus hijos. Somos hijos de María. Lo podemos hacer igual.

Me gusta el cántico del Magníficat que habla de alegría y de alabanza. Con un corazón agradecido María mira a Dios y se alegra en su misericordia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». María, al igual que Ana, se alegra por el don de Dios en su vida. María proclama que el Señor es grande y poderoso. Habla bien de Dios. De su misericordia infinita. Su alma proclama su grandeza. Alaba, se admira. Se sorprende. Creo que a veces hemos perdido la capacidad de sorprendernos con la vida. De alabar a Dios por los dones que nos hace. ¡Cuánto bien nos hace rezar alabando, cantar alabando, darle gracias a Dios por su misericordia! Nos creemos con derecho a tantas cosas y nos frustramos y amargamos cada vez que no recibimos todo lo que esperamos. Tenemos derecho a tener, a poseer, a conservar, a lograr. Pero es mentira. No tenemos ningún derecho. No nacemos con derechos. La vida es un don. No tenemos derecho a la misma vida. No tenemos derecho al amor de Dios. No tenemos derecho al amor y al reconocimiento de los hombres. Todo es don y se nos olvida. Su amor es don. Me gusta mucho la alegría del Magníficat y la alabanza. Me cuesta simplemente alabar a Dios sorprendido. Cuando nos sentimos niños, débiles, desprotegidos, sólo nos queda mirar a Dios esperando su misericordia. Y entonces, al ver cómo Dios nos mira, se alegra el espíritu. Se alegra el corazón. Esa capacidad de sorprenderse y alegrarse habla muy bien del alma de niña que tenía María. Por eso se goza en Dios. También Ana, al concebir a Samuel, se alegra como niña con pasión por ese don gratuito recibido de Dios. Porque no podía tener hijos y Dios la bendice. Un hijo que consagrará al Señor para siempre: «Señor, yo me alegro en ti de corazón, porque me das nuevas fuerzas. Puedo hablar contra mis enemigos, porque me has ayudado. ¡Estoy alegre!». ¡Cuánto nos cuesta estar alegres por las cosas que tenemos! Vivimos preocupados, tensos, agobiados, exigiéndole a la vida a veces más de lo que nos puede dar. Nos agobia el pasado y el futuro. Nos inquieta la incertidumbre de esta vida. ¿Cuántas veces al día le damos gracias a Dios por todo lo que nos regala? Decía el P. Kentenich: «¿Por qué solemos ser tan terriblemente desagradecidos? Porque nos acordamos muy poco de las misericordias de Dios. Y esto proviene de la grave carencia de una delicada infancia espiritual, de nuestra falta de cultivo de la soledad con el Padre, de coloquio cara a cara con Él. Si fuese filial estaría más a solas con Él. Pero como soy tan poco filial, mi corazón está en permanente distracción, derramado en las cosas del mundo, a la búsqueda de satisfacciones. Si fuésemos más niños, tendríamos ese delicado sensor para detectar las misericordias de Dios, buscaríamos la soledad con Él y recibiríamos la fuerza para evitar y acabar con la triste ingratitud del pecado mortal»[3]. Vivimos quejándonos. Porque no vivimos en la soledad de Dios. Tenemos los ojos tristes. Porque no nos sabemos niños necesitados. No tenemos esa sonrisa que nos llena la cara. No tenemos esa esperanza que tienen los niños cuando confían, cuando se abandonan. María se abandona en Dios y se alegra. Alaba a Dios por las obras que ha hecho en Ella. Se siente pequeña y amada. Agradece al ver cómo ha actuado Dios con su misericordia. Decía el P. Kentenich: «Les recuerdo un pensamiento que me gusta mucho: nadar siempre en las misericordias de Dios. Experimentemos a Dios cada vez más como un padre bondadoso; repasemos constantemente, y con una cierta insistencia, las misericordias que Dios nos hizo en nuestra propia vida y en la vida de la familia»[4]. Un Padre bueno que se abaja para abrazar a sus hijos. Así siente María el abrazo de Dios. Como un niño en manos de su Padre. Esa imagen me conmueve. A veces miro a María en lo alto, perfecta, inmaculada, inalcanzable. En el magníficat la veo en su pequeñez, en su pobreza alegre. La veo niña. No es una estatua rígida. Es una niña que se abraza con ternura a Dios y se ríe confiada. Me gustaría vivir así cada día, como Ella. Abrazado al Dios de mi camino. Abrazado a Jesús que no me deja y va conmigo. Me gustaría alegrarme por la vida que me toca vivir. Aunque a veces sea difícil. Aunque a veces no sepa cómo caminar. Pero Dios se abaja y me mira conmovido.

Dios mira a María y se conmueve. Mira su pequeñez y su pobreza. María se alegra. María es inmaculada, sin pecado concebida. María es pura y santa. Está llena de Dios, llena de gracia. Pero María experimentó esa misma misericordia que nosotros experimentamos cada vez que caemos en el pecado. Experimentó la misericordia, eso sí, antes de nacer. Dios la salvó del pecado al concebirla. La rescató en su caída. La eligió salvándola. La sanó antes de que comenzara a vivir rota, como cada uno de nosotros. Esa misericordia tan grande es la que Ella canta en las palabras del Magníficat: «Porque ha mirado la humillación de su esclava». Ha mirado su pequeñez. Me conmueven siempre estas palabras. María se alegra porque Dios la ha mirado desde que fue concebida en el seno de su madre. Ha mirado su pobreza, su pequeñez, su fragilidad de niña, de mujer. Por eso su corazón se alegra. Porque Dios ha sido misericordioso con ella y ella está alegre. Y proclama su alma la grandeza de Dios. Humillación es la traducción del término griego «tapeinosis». Esta palabra está tomada del cántico de Ana, la madre de Samuel. Con ella se señala la humillación y la miseria de una mujer estéril: «Señor todopoderoso, si te dignas contemplar la aflicción de esta sierva tuya» (1 Sam 1,11). Aflicción, humillación son parte de su vida. Con una expresión semejante, María presenta su situación de pobreza y la conciencia de su pequeñez ante Dios. No es estéril. Son dos pobrezas diferentes. Pero la misma experiencia de fragilidad. Dios ha puesto su mirada sobre Ella. De igual modo se fijó en Ana y le dio un hijo. Dios ha mirada a esa niña joven y humilde de Nazaret que se siente tan débil e impotente y le ha confiado su propio Hijo. María se siente indigna. ¿Era consciente María de su falta de pecado? ¿Era consciente de su armonía, de haber sido salvada del pecado? Los santos no tienen conciencia de ser santos. Cuanto más cerca están de Dios, más lejos se sienten de Él. Cuanto más luz ven en su vida, ven más las oscuridades de su alma. Cuando alguien se cree muy santo y piadoso, tal vez no lo sea tanto. Sólo Dios lo sabe. María no sería consciente de la armonía que había en su alma. El que tiene una mirada pura sobre el mundo y sobre la vida no se sorprende e imagina que todos ven y miran lo mismo de la misma forma. Eso es lo que significa ser inmaculada, tener un corazón en armonía con Dios. Un corazón en el que todo está en paz. Un corazón que le pertenece por entero a Dios. Un corazón puro. María estaba llena de gracia. En su corazón no había esa división que hay en el nuestro. Esa división que nos lleva a hacer el mal que no queremos y a no hacer el bien que deseamos. Esa división que logra que separemos la fe y la vida, el amor al hombre y el amor a Dios. Esa división que nos hace alejarnos de Dios cuando nos sentimos culpables, aumentando la culpa, aumentando la distancia y el pecado. En María, llena de gracia, todo es armonía.

¿Por qué entonces se sentía pequeña y frágil María? Ana, la madre de Samuel, se sabía pequeña y frágil porque era estéril, porque se pensaba no bendecida por Dios. Esa esterilidad era signo de limitación, como si Dios la hubiera abandonado en su culpa. Por eso le suplica que fije en ella su mirada, que se acuerde de su hija pequeña. Dios escucha su petición y se fija en ella. Rompe su esterilidad. Le da un hijo. María no era estéril. Ni siquiera estaba ya casada, sólo desposada. Y Dios la bendice con un hijo. Ella se sabe mirada por Dios, amada en su misericordia infinita. Por eso lo alaba, y agradece, porque ha puesto en Ella su mirada. Porque el hijo es Hijo de Dios. Y se llama a sí misma esclava. Esclava de Dios y de su amor. Esclava por voluntad propia, libremente se entrega y se somete al amor del Padre. Da su sí para siempre. Se somete con humildad a los deseos de ese Dios al que ama con locura. Experimenta entonces su pequeñez ante la misión inmensa que Dios le confía. Pequeña y atada a los deseos de Dios. Sierva, niña, hija. María sólo puede obedecer los deseos de Dios. Ha experimentado la misericordia de Dios que se ha fijado en ella. No es el pecado lo que la hace sentir pequeña. No es cuestión de pecar o no pecar. Muchas veces el sentimiento de indignidad no va acompañado de culpa. María no teme por su culpa, no se siente humillada por su pecado. María simplemente se ve débil, niña, frágil. Y se alegra de la misericordia de Dios que se ha fijado en Ella. Ana se sabe pequeña por su condición de estéril y se arrodilla ante Dios suplicando. Ana sí es pecadora. Es además estéril. En ella la conciencia de la pequeñez viene por el pecado y por no poder tener hijos. Pero Dios se fija en ella y la salva. Pero, ¿y en María? Su pequeñez es la conciencia de un alma pura que ama a Dios y se sabe todavía muy lejos de Él. Ella ama en profundidad a su Padre. Se sabe amada por Él. Dios ha tenido a bien mirar su pequeñez. La ha venido a ver y le ha concedido el honor de ser Madre de su Hijo. Un don inmerecido, excesivo. Es pequeña para llevar una carga tan pesada. Se siente frágil. Una mujer niña en un ambiente hostil. ¿Cómo cuidarán sus brazos esa misericordia infinita hecha carne? Me impresiona la fuerza de María para decir que sí y aceptar la voluntad de Dios. Me conmueve su humildad al reconocer que no es merecida la misericordia que recibe. Se siente pequeña y suplica misericordia. Se siente necesitada de la ayuda de un Dios todopoderoso. No tiene pecado pero no es consciente de ser mejor que nadie. Se sabe amada por Dios por ser pequeña, elegida por ser pequeña. No tiene méritos para ocupar ese lugar tan cerca del corazón de Dios. No se siente digna de llevar a Dios hecho carne en su seno. Creo que muchas veces no somos muy conscientes de nuestra pequeñez. Y tampoco de todos los regalos inmerecidos que a veces consideramos derechos. Nos creemos importantes, nos aferramos a nuestros logros y títulos. Pensamos que valemos más de lo que realmente valemos. Que tenemos derecho a más. Logramos éxitos y nos los atribuimos en seguida, dejando a un lado a Dios. Hablamos mucho de la humildad. Pero se queda sólo en palabras. En realidad no nos gusta tanto ser muy humildes. Queremos hacerlo todo bien y destacar. Ocupar los primeros lugares. Ser tomados en cuenta. Estar a la altura de las expectativas de los demás. Eso de la pequeñez nos parece cosa de débiles. Es lo que hemos aprendido de niños. Nos sentimos orgullosos de nuestras conquistas. Casi como si no necesitáramos la misericordia de Dios. Nos basta con que nos agradezca por haberle servido con un corazón bien dispuesto. ¿En qué aspecto de nuestra vida experimentamos nuestra pequeñez? ¿Nos alegramos al sentirnos pequeños y palpar el amor de Dios?

María se alegra y sabe que todos se alegrarán al ver lo que Dios ha hecho a través de su vida. Los hombres se alegran con Ella, con su alegría. Porque el poder de Dios es inmenso: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». El poder de Dios cambia el corazón de los hombres. Expulsa a los orgullosos. Libera a los débiles. Expulsa de nuestro corazón el orgullo, nos levanta en nuestra debilidad, nos hace alegrarnos con los alegres y estar triste con los tristes. El amor de Dios nos hace misericordiosos y capaces de dar misericordia. Porque Dios socorre al que sufre y su misericordia actúa en los más necesitados. También lo proclama Ana: «Él destruye los arcos de los poderosos y reviste de poder a los débiles; los que antes tenían de sobra, ahora se alquilan por un pedazo de pan; pero los que tenían hambre, ahora ya no la tienen. Dios levanta del suelo al pobre y saca del basurero al mendigo, para sentarlo entre grandes hombres y hacerle ocupar un lugar de honor. Él cuida los pasos de sus fieles, porque nadie triunfa por la fuerza». En ambos cánticos queda clara cómo actúa Dios en su misericordia. Libera a los cautivos, eleva a los humillados. Se acuerda de los débiles y desprotegidos. Saca de la basura a los pobres y logra que los que no tienen nada tengan. Esa descripción de ambos cánticos me recuerda las obras de misericordia que nos invita a vivir el Papa Francisco en este tiempo: «Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos». Hemos vivido en el corazón su misericordia, para poder ser luego nosotros testigos de su misericordia con los más necesitados y abandonados. Somos liberados de nuestro orgullo para liberar a otros, para enaltecer al humillado, para dar alegría al triste. ¡Hay tanto por hacer! Pero luego muchas veces no lo hacemos. ¿Liberamos a los que más necesitan? ¿Cómo tratamos al débil, al pobre, al despreciado? Nuestra caridad comienza con los más débiles. Ahí debería empezar. Humillándonos para enaltecer, para ensalzar. Pero luego dejo pasar la vida pensando en mí, preocupado de mí. No me interesan los que sufren, los que pasan hambre, los humillados y despreciados. Ojalá este año de la misericordia agrande mi corazón. Lo haga inmenso. Lo haga capaz de darse hasta el extremo.

Acabo de nuevo pensando en el Magníficat. ¿Cuándo será todo lo que María y Ana dicen? ¿Cuándo los poderosos serán derribados de sus tronos y los pobres ensalzados? Suena el eco de un anhelo mesiánico. De una liberación de todas las esclavitudes. Un Mesías liberador de los hombres que sufren la opresión. ¿Es ésa la misericordia de Dios? ¿Una misericordia que acabe con las injusticias? Me gustaría verlo ya hecho vida. Que no hubiera más guerra, ni más odios. En el mundo, en mi propia vida. El magníficat tiene un lenguaje liberador, un mensaje de esperanza. Dios libera al oprimido y al esclavo. Derriba de los tronos a los poderosos. El otro día leía: «los que no interesan a nadie. Le interesan a Dios. Los que sobran en los imperios construidos por los hombres, tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen patrón alguno que los defienda, tienen a Dios cómo padre. Es el profeta de la misericordia de Dios, hecho uno con los últimos. Su palabra no significa ahora mismo el final del hambre y de la miseria de estas gentes, pero sí una dignidad indestructible para todas las víctimas de abusos y atropellos»[5]. Dios salva al que sufre la injusticia y le devuelve su dignidad perdida. Los que son atropellados injustamente reciben una nueva identidad. Son hijos amados de Dios. No son esclavos, son hijos dignos. A nuestro alrededor seguimos viendo corrupción, violencia, injusticias, miedo. ¿Cómo será posible ese cambio? ¿Qué hago yo para cambiarlo en mi entorno, con los míos? ¿Contribuyo a que haya más injusticia comportándome injustamente en mi trabajo, en mis relaciones o soy justo en lo que hago? ¿Contribuyo con mis mentiras a que haya más oscuridad o siembro siempre la luz de la verdad? La misericordia de Dios se encarna en el seno de María. Viene a mí para cambiar mi vida. Si yo cambio, algo cambia. Cuando en Navidad recibo a Jesús en mis brazos recibo su amor misericordioso. La misericordia es Jesús mismo que me abraza. Y me pide que me abaje de mi altura. Quiere que descienda de mi trono, de mi orgullo, de mi vanidad, de mis pretensiones ¡Cuánto orgullo cabe en nuestro pequeño corazón! ¡Cuánto deseo de valer que nos esclaviza! Si nos dejamos transformar por Jesús nos haremos más humildes y pequeños. Yo puedo cambiar el mundo desde mi corazón, desde la misericordia que recibo puedo ser instrumento de salvación. Puedo cambiarlo si me abajo, si desciendo del trono de mi soberbia. Su misericordia me sana. Y mi misericordia sana a muchos. Yo cambio el mundo desde mi corazón transformado. Yo puedo cambiar mi entorno con amor y luz. Puedo cambiar a mi familia, a mis seres queridos. Puedo cambiarlos por mi forma de mirar, de amar, de darme. Puedo acoger al necesitado. Oír el grito del que necesita amor. Dar lo que he recibido de Dios como un don. ¿Qué hago yo para cambiar mi realidad? ¿Cómo es mi misericordia con los que más necesitan tocar el amor de Dios?

Acabamos nuestro retiro. ¿Cuál es el magníficat de mi vida que quiero meditar en estas semanas de Adviento? ¿Cómo es mi canto de alegría, mi canto de alabanza cuando me acerco a Dios conmovido en mi debilidad? ¿Cuántas veces experimento en mi vida la misericordia de Dios, ese abrazo de un Dios que se abaja a recogerme cuando caigo? ¿Cómo practico yo la misericordia en mi familia, en mi trabajo, en mi entorno?



[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

[2] J. Kentenich, Niños ante Dios

[3] J. Kentenich, Niños ante Dios

[4] J. Kentenich, Niños ante Dios

[5] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica

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